La señal de quedar fuera del índice Kearney

Buenos días. El capital no espera, y tampoco improvisa.

Los directivos de las corporaciones más grandes del mundo respondieron a la consultora Kearney una sola pregunta: ¿a dónde va su capital? Las respuestas —países mencionados y los que quedaron fuera— resultan más instructivas que cualquier discurso de promoción de inversión.

Esta edición trae además un debate que enfrentó dos posturas sobre el futuro económico de la IA. El “informe Citrini” y el experto Don Muir escribieron desde futuros distintos —2028 y 2030— para responder una misma pregunta.

También incluimos una infografía que desglosa qué hay dentro de una batería de ion-litio: qué minerales la componen. Una pieza que conecta la movilidad eléctrica con el mapa de quién controla sus materias primas.

El primer contenido está pensado, en parte, para quienes trabajan en atraer inversión desde el sector público. Si tiene un conocido en ese rol, vale la pena hacerle llegar esta publicación.

Como siempre, este boletín se construye también con usted. Si algo le resultó útil, si hay un tema que no estamos cubriendo o si tiene retroalimentación, puede responder directamente a este correo o escribir a [email protected]. Su opinión es la que mantiene este contenido afinado.

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Braulio Palacios
507 directivos decidieron: se reescribe el mapa de la inversión global
528 palabras | 2 mins de lectura

Cada año, la consultora Kearney pregunta a directivos de corporaciones —ingresos anuales superiores a USD 500 M— hacia dónde apuntaría su capital en los próximos tres años. En un mundo más tenso, la respuesta ya no es sencilla: el capital se volvió más exigente y hay más competencia entre los países.

Por qué importa. The 2026 Kearney FDI Confidence Index describe cómo ven el mundo quienes deciden hacia dónde va el dinero. De los 507 ejecutivos consultados en enero, el 88 % planea aumentar su IED, y el 84 % considera la política industrial “muy” importante al decidir un destino de inversión.

  • Por primera vez, las capacidades tecnológicas y de innovación se convirtieron en el criterio número uno, por encima de la estabilidad legal, regulatoria y económica.

  • La política industrial entró al centro de la competencia por inversión porque ordena incentivos y vuelve más legible un país.

  • Asia desplazó a Europa como la región con más mercados por primera vez en 13 años. Evidencia una reconfiguración estructural del capital.

Entre líneas. No toda política industrial transmite confianza. El capital no premia cualquier intervención estatal, sino la que ayuda a operar mejor, planificar y anticipar con menos incertidumbre No solo importa qué herramienta usa un gobierno, sino qué señal deja su uso.

  • La infraestructura aparece como la herramienta mejor valorada, con respaldo del 80 % de los inversores. Después vienen los incentivos fiscales y los subsidios.

  • Los aranceles, controles de exportación y reglas de contenido local meten fricción y dudas en cerca de un cuarto de los inversionistas consultados.

  • El 79 % dice que los cambios frecuentes en política industrial aumentan su incertidumbre. La estabilidad no es un detalle administrativo. Es parte del producto que ofrece un país.

Visto y no visto. Más que un ranking, esto es un espejo que refleja los países que lograron entrar al radar de quienes asignan capital. Ser legible —mencionado— no es solo tener ventajas objetivas. Es que sus reglas, incentivos e instituciones se lean desde afuera sin esfuerzo.

  • México es el caso más cercano e instructivo. Subió del puesto 25 al 19. El avance se relaciona con esfuerzos para facilitar hacer negocios, incluida la Ley Nacional para la Eliminación de Trámites Burocráticos (2025).

  • Una señal institucional concreta puede mover percepción. Eso es lo que el capital busca cuando mira desde lejos un destino de inversión.

  • Hay países con condiciones reales que no aparecen. No porque no existan, sino porque todavía no son legibles entre los directivos. Esa ausencia también es un mensaje: “No están en nuestro radar”.

Balance. Hay una lección menos obvia: la inversión también busca claridad y no alcanza con tener potencial. Ganan terreno las economías que lograron verse más predecibles y más fáciles de leer.

  • La tecnología, la infraestructura y los incentivos fiscales son instrumentos efectivos. Combinados con marcos regulatorios estables, generan ventaja real en la competencia global por capital.

  • Los países que ganaron terreno este año tienen en común que tomaron decisiones deliberadas para ser más legibles y predecibles.

  • Entrar a la conversación de la inversión global no se hereda. Se construye, señal a señal, con cada política que el inversionista pueda leer para elegir su próximo destino.

 
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Braulio Palacios
El debate que partió en dos el futuro económico de la IA
758 palabras | 4 mins de lectura

En febrero de 2026 empezó a circular un texto sobre IA que no preguntaba cuánto podía acelerar, sino cuánto podía desordenar. Citrini Research —una firma financiera de bajo perfil— publicó The Global Intelligence Crisis of 2028, un ejercicio escrito desde un futuro hipotético en junio de 2028.

El cuadro que plantea es áspero. La productividad se dispara, el mercado primero aplaude, las empresas recortan nómina y reinvierten esos ahorros en más capacidad de IA. Pero debajo de esa eficiencia empiezan a ceder salarios, consumo y crédito.

La tesis de Citrini no arranca en la tecnología, sino en el circuito económico. Si la inteligencia humana deja de ser escasa, una parte de la economía pierde su base de ingresos. De ahí sale una de sus ideas más inquietantes: el ghost GDP.

Es decir, producción que sigue apareciendo en las cuentas nacionales, pero que ya no circula con la misma fuerza por los hogares, las hipotecas, el gasto discrecional ni la recaudación. La máquina produce, pero no consume. Ese detalle altera todo el cuadro.

La fricción

La réplica de Don Muir, colaborador de Forbes que escribe sobre IA en finanzas y banca, no niega ese riesgo. Lo que hace en It’s 2030. The Citrini AI Crisis Never Came es introducir una variable que cambia el ritmo de toda la historia: la fricción institucional.

Donde Citrini ve una sustitución rápida, Muir ve algo mucho más lento, desordenado y reconocible para cualquier empresa grande: comités, gobernanza, compliance, auditorías, reguladores, clientes cautelosos y procesos internos que no se reconfiguran al mismo ritmo que un modelo.

Ahí el debate se vuelve más interesante porque ambos miran la misma fuerza desde visores distintos. Citrini narra una secuencia veloz: mejora la IA, caen puestos de cuello blanco, baja el gasto, sube la presión sobre márgenes y eso empuja otra ronda de adopción.

Muir responde que entre una capacidad disponible y una transformación real hay meses, a veces años. En su texto, la IA entra primero como apoyo: absorbe tareas repetitivas, acelera validaciones y ordena trabajo. No sustituye de inmediato al profesional; cambia la mezcla de tareas que quedan en sus manos.

Cómo pega en los negocios

El cruce se pone mejor cuando pasa del plano macro al corporativo. Citrini imagina que la IA empieza a erosionar negocios enteros construidos sobre fricción: software que cobra por usuario, pagos, intermediación, seguros, viajes, corretaje y servicio al cliente.

Su lógica es directa: si un agente puede comparar, negociar, reservar, revisar o enrutar mejor y más barato, muchas capas que cobraban por simplificar complejidad humana empiezan a perder poder de precio. En su relato, la IA no solo automatiza tareas; también desmonta ventajas que parecían difíciles de mover.

Muir acepta buena parte de esa ruptura, pero discute el desenlace. El software no sale intacto: cambia de forma. El negocio deja de cobrar solo por acceso a una herramienta y empieza a cobrar por resolver tareas concretas.

Por eso, en vez de un paisaje de ruinas, describe una reorganización: grandes jugadores que se adaptan, modelos de ingresos que cambian y nuevas empresas de IA vertical que capturan valor en flujos de trabajo específicos. La creación no borra la destrucción, pero tampoco la deja sola en escena.

Lo que de verdad discuten

En el fondo, The Global Intelligence Crisis of 2028 e It’s 2030. The Citrini AI Crisis Never Came no discuten una cifra de desempleo ni un pronóstico. Discuten otra cosa: si la abundancia de inteligencia rompe el flujo circular de la economía o si las instituciones consiguen absorber el golpe con suficiente rapidez para reordenarlo.

Citrini empuja la pregunta hasta el límite: qué pasa cuando el activo más productivo deja de generar más empleo y empieza a volver menos valioso el trabajo humano. Muir responde que la economía no se deja modelar tan fácil, porque entre el shock y el desenlace aparecen adaptación, burocracia, reorganización y nuevos espacios de creación.

El valor de leerlos no está en escoger quién tiene razón. Está en ver cómo dos textos, escritos casi como si hablaran desde futuros distintos, intentan resolver la misma incomodidad: si la IA será solo una herramienta más de productividad o si obligará a reescribir una parte del contrato económico que durante años pareció estable.

Citrini cerró su texto con una advertencia: “The canary is still alive.” Muir retomó esa imagen para decir que, en 2030, el canario seguía cantando. Entre una y otra cabe buena parte de este debate. No porque el riesgo haya desaparecido ni porque el sistema ya haya encontrado equilibrio, sino porque la discusión sigue abierta.

 
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