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Preguntas incómodas a Claudia Cáceres de la DIPP


Estimado suscriptor:
Hay ediciones que justifican por sí solas el hábito de abrir este boletín cada jueves y sábado. La de hoy es una de ellas.
Ayer se realizó el República Summit Infraestructura 2026: del plan a la ejecución. Y si no pudo seguirlo completo, aquí puede revisar con más detalle las ponencias. También encontrará el editorial publicado en el boletín de República Política, que destaca una observación de Rodrigo Arenas, presidente editor de República, durante el panel de cierre, que terminó capturando con nitidez el fondo del problema.
Con ese contexto, en República Empresa buscamos a Claudia Cáceres al terminar su participación para un breve mano a mano. Esa conversación le da a esta edición un ángulo propio: mientras el editorial destila el sentido político del evento y la cobertura ordena sus hallazgos, la entrevista pone a responder, en primera persona, a una de las figuras más citadas alrededor de la DIPP, pero hasta ahora casi inaccesible para la prensa, no por decisión propia, según nos confirmó.
Nos concedió 15 minutos. Fueron suficientes para confirmar algo que, en este oficio, se valora: respondió. Las preguntas de tono más político le incomodaron, sí, pero no las evadió, no se fue por la tangente y tampoco dejó una silla vacía. Se sentó, permitió que la cuestionáramos y se tomó el tiempo para fijar postura, aun cuando es evidente que se mueve con mayor comodidad en el terreno técnico que en el político.
Le recomiendo leer la versión completa de la entrevista —el enlace lo encontrará más adelante—, sobre todo en los pasajes donde se abordan las injerencias desde el Ejecutivo, particularmente desde el MINFIN, y en la pregunta menos esperada por ella, pero necesaria dadas las circunstancias de un nombramiento con tintes ad honorem, y que termina dando pie al titular de la conversación.
Por eso esta entrevista importa. No solo por lo que revela sobre la DIPP y su gerente, sino porque añade una pieza clave para leer el momento que atraviesa la infraestructura vial del país. El resto del contenido completa el cuadro: tráfico, parálisis estatal y competitividad perdida. O, dicho de otro modo, el costo de seguir postergando decisiones que el país ya no puede aplazar. Más aún cuando quien ocupa la silla evita tomar las decisiones que le corresponden o, en el peor de los casos, opta por dejarla vacía.




En el marco del República Summit Infraestructura 2026, Claudia Cáceres, gerente de la Dirección de Proyectos Viales Prioritarios (DIPP), habló con República sobre el retraso en operaciones de la institución, que nació para romper parte de la inercia burocrática que históricamente ha frenado la ejecución de proyectos estratégicos en Guatemala.
En papel, ya tiene una ruta y un presupuesto inicial asignado de GTQ 30M —GTQ 20M para infraestructura y GTQ 10M para operación—, pero en la práctica sigue sin operar plenamente. El reglamento pendiente, la construcción administrativa de la institución, los cambios de autoridades y la falta de velocidad política han convertido ese diseño en una promesa todavía inconclusa.
¿Qué ha querido decir públicamente y no había podido expresar?
—Por qué me postulé a gerente de la DIPP. Tengo experiencia en manejo de proyectos. He sido consultora para distintos organismos internacionales y gobiernos de Latinoamérica en temas de desarrollo y políticas públicas.
Desde ese lado, una de las cosas más frustrantes es ver que los gobiernos no logran ejecutar proyectos y que, por procesos ineficientes, burocracia, indecisión o falta de prioridad, se pierden asuntos importantes para el país y para la población.
Cuando salió la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria y vi que incluía mecanismos para reducir parte de esa burocracia, o al menos introducir una visión más de largo plazo, me pareció interesante.
No se trata solo de una institución atada al periodo de seis años de un gerente, sino de proyectos con visión a treinta años y con impacto país, sin depender de quién ocupe temporalmente los cargos de autoridad.
Eso me hizo pensar que podía tener un rol en la toma de decisiones, una vez la DIPP funcione, y contribuir a construir una institución modelo que sí logre ejecutar proyectos. Esa clase de institucionalidad ha sido muy difícil de encontrar en varios países.
Foto: Francisco Rosales / República.
¿Cómo manejó encontrar un cargo sin institución ni estructura creada?
—Fue una sorpresa. Pero vengo del manejo de proyectos, así que lo primero fue ordenar los pasos que hacían falta para llegar adonde teníamos que llegar. Eso es parte de lo que se ha impulsado desde el directorio.
No había una institución creada, así que el primer paso fue construirla administrativamente. Durante varios meses hubo una discusión sobre qué tipo de figura administrativa debía tener. Finalmente, el directorio tomó una decisión.
El siguiente paso fue el presupuesto. Ya se aprobó la estructura presupuestaria y ese tema se está trabajando con Finanzas.
El reglamento avanzaba en paralelo. Se detuvo un poco. A finales de octubre terminó la mesa de trabajo en la que se hizo la propuesta final de reglamento a la ley, y allí quedó pausado por el cambio de autoridades. Luego se retomó a finales de enero y, si no me equivoco, se presentó la semana pasada, o el dieciocho de este mes, a la PGN.
¿Qué responde a la percepción de que todo el retraso es una directriz directa desde el MINFIN?
—Desde la parte técnica no puedo decir otra cosa más que hemos recibido bastante apoyo. Los técnicos participaron activamente en la mesa del reglamento y también han apoyado con la estructura presupuestaria.
No sé si en cuanto a autoridades existe algún desinterés o alguna prioridad distinta a la DIPP. Ese nivel no lo conozco. Pero si existiera, esperaría que se mire el panorama completo y el beneficio que puede traer la dirección, y que se le apoye.
Foto: Francisco Rosales / República.
¿Qué mensaje le gustaría hacer llegar a las autoridades que están atrasando la operación de la DIPP?
—El mensaje es conciliador. No es momento de entrar en la lógica de quién hizo qué o quién quiere qué. El llamado es a hacer un esfuerzo por el país. A este gobierno le quedan poco menos de dos años e, independientemente de quién termine ejecutando estos proyectos o reciba el crédito político, estamos hablando de proyectos a 30 años.
Además, hay un problema recurrente cuando llega la evaluación de ejecución presupuestaria: muchas veces nos quedamos cortos y entonces surge la pregunta de por qué se pide tanto dinero si no se ejecuta.
Existen trabas legales y también inercias mentales en algunos funcionarios de nivel medio, personas acostumbradas a hacer las cosas de cierta manera y para quienes cambiar esa lógica no es fácil.
Pero si todos nos ponemos del mismo lado, entendiendo que lo que queremos es un país mejor para las próximas generaciones, entonces lo que corresponde es apoyar. Estoy abierta a reunirme con ellos, a presentarles el plan y a mostrarles lo que queremos hacer desde la DIPP. Puertas abiertas y ganas de trabajar sobran.
¿Ha pensado renunciar ante la frustración por la falta de ejecución?
—Hoy no estoy considerando mi renuncia. No sé qué pueda pasar más adelante, no puedo preverlo. Pero eso no cambia el compromiso con la calidad del trabajo.
Lo importante sería dejar una institución funcional, con bases sólidas para ejecutar proyectos. Y, sobre todo, que, si hubiera un cambio de gerente, no se repita lo que tantas veces ha pasado: que el cambio afecte a todos los demás. Lo deseable es una transición ordenada, en la que una nueva persona pueda incorporarse sin interrumpir el proceso.
Incluso si yo llegara a completar los seis años de mi nombramiento, quien venga después tendría que integrarse a una transición en la que no se borre lo trabajado ni se vuelva a empezar desde cero.
Ese es uno de los beneficios que plantea la ley: evitar que, con cada cambio de gobierno o de autoridad, se deshaga lo avanzado. Lo que corresponde es retomar los proyectos, hacer el trabajo durante seis años y luego permitir que venga otro gerente, y otro más, hasta completar la ejecución de proyectos pensados a 30 años.
Lea la entrevista completa en este enlace.


Braulio Palacios
Tráfico: una molestia metropolitana es ahora una emergencia nacional
860 palabras | 5 min de lectura
Hay países que se frenan por falta de recursos. Y hay países que se frenan aun teniendo diagnóstico, leyes, presupuesto y urgencia. Guatemala, hoy, se parece más a lo segundo. Eso fue lo que el República Summit Infraestructura 2026 volvió imposible de disimular: el problema ya no es entender qué está pasando en las calles y en las carreteras del país. El problema es que, frente a una emergencia visible —considerada nacional—, el Ejecutivo sigue sin actuar.
Durante la jornada, el tráfico dejó de ser descrito como una simple incomodidad urbana. La palabra que se repitió en casi todas las intervenciones fue: abandono. No solo el abandono de una red vial agotada, sino el abandono de una responsabilidad pública que nadie más puede sustituir del todo.
Las municipalidades pueden contener, conectar, intervenir y resolver tramos. El sector privado puede empujar, estudiar, proponer y financiar. Pero hay una frontera que ninguno de los dos puede cruzar: adjudicar obra pública y ejecutar sigue siendo tarea del Estado, y en particular del Ejecutivo.
Rodrigo Arenas, presidente editor de República, lo dijo desde el arranque: las carreteras no son lujo ni ornamento, sino generadoras de oportunidades. Sin conectividad, el agricultor no saca su cosecha, el estudiante no llega a clase, el trabajador no llega a su turno y el paciente no llega a tiempo al hospital. La infraestructura, en esa lectura, es la velocidad a la que un país decide desarrollarse.
El tráfico, además, ya opera como un impuesto invisible que nadie votó, nadie aprobó y nadie devuelve, pero que igual se cobra todos los días en tiempo, salud, paciencia y vida familiar. Por eso el mensaje al gobierno de Bernardo Arévalo fue directo: “Ejecuten, no más excusas”. No se trata de descubrir o inventar una salida exótica. Se trata de ejecutar y dejar de administrar el desgaste como si fuera normal.
La silla vacía del Ejecutivo durante el panel “El momento de acelerar”, moderado por Rodrigo Arenas, presidente editor de República, de espaldas. Foto: D. Cabrera / República
El abandono ya no se disimula en el interior
Ese reclamo encontró eco una y otra vez en los paneles. Desde los municipios, la frustración tuvo rostro. Gustavo Cano, alcalde de Huehuetenango, recordó lo que significa vivir a 257 km de la capital y comprobar que el viaje, lejos de mejorar, pasó de cuatro a seis horas. Pero el punto no fue solo la distancia. Fue algo más profundo: el abandono también consiste en no escuchar la voz del interior y en no ponerse en los zapatos de quienes viven una realidad ajena a “la capital”, donde se toman las decisiones.
Ahí apareció una de las ideas más poderosas de la jornada. Cano indicó que muchas comunidades priorizan “calles” junto con agua, salud y educación. No porque la carretera sea una obsesión, sino porque la conectividad también significa oportunidad. Significa poder vivir mejor sin tener que salir expulsado de su territorio. Significa que allá, “en las montañas de Huehue”, también se tiene derecho a desarrollarse.
Mynor Morales, alcalde de Villa Nueva, llevó la discusión a otro punto sensible: incluso donde hay industria, presión metropolitana y actividad económica intensa, la respuesta central sigue siendo lenta o insuficiente. Habló de 150 000 vehículos moviéndose en sus accesos y de una comuna que ha tenido que abrir interconexiones, impulsar rutas internas y coordinar para resolver problemas que exceden su jurisdicción.
El mensaje para el Gobierno es que cuando la red nacional falla, los municipios intentan remediar una omisión ajena. En ese sentido, el alcalde de Guastatoya, José Elías Herrera, reforzó esa misma idea desde otro ángulo y dejó una conclusión incómoda: mientras el gobierno central se paraliza, las municipalidades “sí saben moverse”. Son más ágiles, más cercanas al problema y, muchas veces, más dispuestas a ejecutar.

Gustavo Cano, alcalde de Huehuetenango, durante su participación en el panel “Crónicas del abandono vial”. Foto: F. Rosales / República
Las herramientas existen, falta decisión
La postura del sector privado fue igual de contundente. José Miguel Torrebiarte insistió en un punto que atravesó todo el evento: Guatemala no está esperando una idea milagrosa, sino que use las herramientas que ya tiene. La Ley de Infraestructura Vial Prioritaria existe. Las reformas para habilitar mejores esquemas de ejecución y asociación también. El problema no es la falta de instrumentos. El problema es que siguen sin activarse.
Claudia Cáceres, gerente de la DIPP, afinó todavía más ese diagnóstico. La Dirección no está detenida por falta de diseño, sino porque el reglamento sigue sin publicarse, aunque la ley ya había fijado plazos y aunque buena parte de la normativa interna está avanzada y esperando ese paso para operar. Dicho de otro modo: la caja de herramientas no está vacía. Está sobre la mesa. Lo que no aparece es la mano que decida usarlas.
Al final, el gran ausente pesó tanto como los presentes. No solo por la silla vacía que dejó el Ejecutivo en el panel de cierre —se invitó al presidente Arévalo, el ministro Jonathan Menkos, la ministra Norma Lissette Zea y un viceministro del CIV—, sino por lo que terminó simbolizando frente a un auditorio que repitió la misma exigencia por horas.
Guatemala ya hizo el diagnóstico, ya escuchó a sus alcaldes, ya oyó al sector privado, ya aprobó instrumentos y ya acumuló suficiente frustración. Lo que no puede seguir acumulando es indiferencia. El tráfico dejó de ser una molestia hace rato. Hoy es la postal más elocuente de un Ejecutivo que ya no puede alegar desconocimiento, solo falta de decisión.

María José Aresti
El costo del tráfico metropolitano también se mide en competitividad
569 palabras | 3 mins de lectura

El tráfico es una variable que ya funciona como un costo económico que castiga productividad, logística, inversión y calidad de vida en Guatemala. Durante el República Summit Infraestructura 2026, el atasco dejó de describirse como una molestia cotidiana y empezó a leerse como una factura estructural que el país paga.
Por qué importa. El costo de no hacer nada ya no se mide solo en bocinas, filas y atrasos. También se mide en competitividad perdida, desgaste cotidiano y empresas que operan sin certeza sobre sus tiempos de traslado.
La red vial apenas creció un 1.6 %, frente a un parque vehicular expandiéndose a tasas cercanas al 10.8 %. Ese desbalance explica una red cada vez más saturada.
Enrique Font, presidente de la CIG, explicó que cuando una empresa no puede prever tiempos, inventarios y entregar, el problema se convirtió en una traba económica que golpea la competitividad.
La situación se concentra en múltiples municipios y departamentos. Desde la óptica municipal, el CIV ha fallado en sus dos tareas básicas: dar mantenimiento vial y ampliar la red.
Datos clave. El costo de la crisis vial empieza a sentirse como un impuesto silencioso sobre la productividad de las personas, la logística de las empresas y la competitividad del país.
En el área metropolitana, cada persona en edad de trabajar pierde en promedio GTQ 1300 por el tiempo consumido en movilidad. Eso equivale a GTQ 1950M mensuales y más de GTQ 23 000M al año.
Para las empresas, el golpe se ve en el costo logístico: mover un producto cuesta más de un 30 %. El promedio regional es un 18 % y en la OCDE, 8 %.
En términos de producción, el tiempo perdido en tráfico equivale a un 9.7 % del PIB que simplemente no se genera. “La indecisión e inacción también es corrupción”, afirmó Jorge Benavides, investigador asociado en FUNDESA.
Punto de fricción. La DIPP no aparece solo como una oficina frenada, sino como prueba de un problema mayor: el Estado creó una herramienta para destrabar inversión vial y luego la devolvió al mismo sistema que debía evitar.
La dirección nació para estructurar proyectos con lógica técnica y atraer inversión, pero terminó subordinada al CIV. Así, dejó de ser mecanismo de destrabe y pasó a otra dependencia atrapada en la burocracia.
Mariano Rayo, director suplente por CUTRIGUA ante la DIPP, se refirió a un “directorio sombra”. La lectura es que las decisiones no se toman dentro de la estructura formal que creó la ley, sino fuera de ella.
El impacto también es de credibilidad país. Si una ley aprobada, con plazos y gerencia definida, no logra arrancar, la señal para inversionistas es clara: en Guatemala no basta con aprobar reglas.
Ahora qué. El primer paso es dejar de tratar el tráfico como molestia urbana y asumirlo como un problema económico nacional. Eso obliga a priorizar mantenimiento, ampliación vial y proyectos estratégicos con capacidad real de destrabe.
Mientras la DIPP continue siendo bloqueada y los proyectos estructurales sigan atrapados en cálculo político, Guatemala seguirá reaccionando con parches donde necesita escala y visión de largo plazo.
Font añadió que la infraestructura no solo destraba movilidad, también puede elevar el crecimiento, atraer capital y mejorar la calidad de vida.
La advertencia final es sencilla: si el gobierno no corrige, Guatemala seguirá discutiendo lo mismo en el próximo ciclo electoral. Y para entonces, el costo de no hacer nada será todavía más caro.


